lunes, 17 de octubre de 2011

La casuística en su justo lugar

A menudo se pueden leer o escuchar en ambientes religiosamente formados un desprecio sistemático por la casuística. Le achacan que apareció en el S. XVI con los jesuitas y que "en el principio no era así". Además dicen que lleva a jugar con el pecado mortal al límite de cometerlo, preguntándose hasta dónde se puede llegar tarde a misa -por ejemplo-. Hasta la lectura del evangelio, credo, ofertorio...
Gran parte de esta crítica es cierta, pero el error consiste en obviar un paso importantísimo en la discrecionalidad: distinguir.
Nega saepe, concede parum, distingue semper
¿La casuística es buena o mala? La respuesta debería ser ¿para qué?
¿Qué significa esto? Los médicos en la facultad estudian los principios de cada materia, pero en la residencia ven casuística, la propia de cada especialidad. Porque eso les da mucha práctica y facilidad para saber diagnosticar cuando no haya tiempo de consultas. Lo mismo los abogados. La casuística y los años de praxis le darán la solvencia necesaria para poner en práctica sus conocimientos.
¿Podrían llegar a conocer su propia arte sólo con la casuística? Imposible. Sería como un campesino que pretendiese ser ingeniero agrónomo sin estudiar. Pero un ingeniero sin casuística sería un ignorante delante de un campesino si es agrónomo o de un albañil si lo es en construcciones.
Así como la ciencia implica scire  per causas, la casuística da el primer paso de la experiencia. Entonces la casuística ¿es la vida? No. ¿Es la ciencia? Tampoco. En el caso de la teología moral da experiencia para confesar, lo mismo que en el ingeniero, abogado o médico para ejercer la profesión.
¿Se puede ser buen confesor sin conocer los principios de la teología? No. ¿Se puede ser buen confesor sin conocer la casuística? No, nunca tendrá la experiencia suficiente y la mayoría de las veces no tendrá tiempo ni posibilidades de consultar a otros.
Por eso es que mi párroco que odiaba la casuística y que se negaba a responder los grados de pecado hasta el límite del mortal, tenía en su biblioteca al lado de Las fuentes de la moral cristiana de Pinckaers un librote de un jesuita que se llamaba Casus conscientiae.
Los curas antes de ordenarse hacían un curso de "confesar bien", aplicando los principios generales a casos concretos "ficticios". Eso era para "entrenarlos" a confesar. El cura que les daba el curso -generalmente uno viejo, experimentado- cada vez que resolvían un caso les preguntaba qué principios morales habían aplicado para resolver de ese modo, para que no actuaran por imitación o automáticamente. Por lo tanto la casuística implicaba absolutamente el conocimiento de los principios morales y de las fuentes de la moral.
¿Praxis moderna?
Hasta aquí estamos fenómeno, pero nos resta resolver algo muy importante: la "modernidad" de esta praxis. Y aquí puede ayudar la historia. Veamos: Los penitenciales se compusieron en los S. VI-VII especialemente en el mundo anglosajón. Traían alguna experiencia para el confesor y carecían de profundas explicaciones de carácter moral. Eran más bien reglas prácticas sobre la penitencia que servían para formar la conciencia y a dar el sentido de pecado en el penitente y en el confesor.  Negar el valor de esta realidad es negar el pecado original del penitente y del confesor.

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Es propio de los neófitos el entusiasmo y el fervor, incluso desmedidos, queriendo recuperar el tiempo perdido. Es propio de quien se interna en una ciencia buscar con fervor la pureza de esa ciencia y, aún sin conocer, pretender transmitir a los demás esos pocos conocimientos (para el nenófito muchísimos pues antes nada tenía) apenas adquiridos. O sea, después de la primera clase pretender enseñar a los profesores.
También es propio de quienes aplicaron implacablemente lo que decía el manual de casos de conciencia de golpe creer descubrir los principios de la moral. Fueron malos confesores antes y lo son ahora. Nunca supieron juntar los dos saberes. Dios nos guarde de estos confesores tanto en su etapa pasada como en la presente.

sábado, 15 de octubre de 2011

Bizarro


El personaje Bizarro (en realidad Superman bizarro) es creado por Lex Luthor, quien aplica un rayo duplicador a Superman y espera utilizar el producto en un ataque contra el hombre de acero. Bizarro no coopera y en su lugar trata de emular a Superman. Sus intentos de igualar al héroe son torpes. Secuestra a Luisa Lane para tener una relación idéntica a la del hombre de acero. Entonces surge una Luisa bizarro efecto del mismo rayo.

Sintiéndose rechazados por la gente, se van al Mundo bizarro, un planeta cúbico llamado también Htrae (Earth, Tierra al revés). Con ayuda de tecnología y los poderes de Bizarro, él y Luisa bizarro pueblan el planeta con bizarros donde todo se hace de una manera similar a la de la Tierra pero con defectos, porque no alcanzan a imitar del todo al modelo.

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En este caso el término bizarro deriva del inglés bizarre que significa extraño o raro y no se relaciona con el significado tradicional en castellano donde bizarro se usa como adjetivo para definir a algo que tiene porte, gallardía, valiente, espléndido.